La colonización cultural

Por Gregorio German*

En la Modernidad –además de las dos grandes guerras mundiales, con millones de muertos y la tremenda miseria humana que ocasionaron– se desarrollaron procesos de colonización, desde los países centrales de Europa y desde los Estados Unidos, que configuraron uno de los lados más oscuros de la época. Se extendieron por América, Asia y África, desde el siglo 15 en adelante, se consolidaron en los siglos 19 y 20 y continúan en el 21.

Junto a la dominación militar y económica, tuvieron lugar también procesos de colonización cultural, referidos principalmente a las formas de control simbólico del conocimiento. Esto incluye qué y para qué se conoce. La tendencia dominante fue legitimar como valiosos los modos de pensar eurocentristas y su norteamericanización, desvalorizando al mismo tiempo las producciones culturales locales de los continentes colonizados.

La evolución del conocimiento implica siempre una clasificación para poder comprender el mundo, lo cual incluye, a su vez, sujetos e instituciones que realicen esa clasificación. Ellos establecen de manera simbólica qué conocimientos son los más valiosos y desvalorizan a otros, marginándolos.

Así América latina miró siempre hacia Europa y luego hacia Estados Unidos, no sólo en los aspectos económicos, sino también en lo cultural. Se clasificó, por ejemplo, la geografía planetaria de modo que el norte está arriba y el sur abajo, en un mundo que es redondo y, como se sabe, lo que está arriba tiene supremacía. Se configuró así un orden simbólico que estableció cuál era el Primero, el Segundo y el Tercer Mundo.

Hoy, en la llamada “sociedad del conocimiento”, estas clasificaciones adquieren creciente importancia, pues generan, aparte de la violencia física-militar, violencia topológica (de lugares) y violencia simbólica.

Se configuró, además, lo que algunos autores denominan “racismo epistémico”, que refiere a representaciones simbólicas en las cuales el negro, el mestizo y todo lo que no corresponda al modelo de los clasificadores fue considerado culturalmente inferior y despreciable.

Todos los progresos de la civilización fueron acompañados al mismo tiempo por acciones de barbarie. En este sentido, los procesos de colonización han generado países denominados “subdesarrollados” (Tercer Mundo) con sus poblaciones arrojadas a la barbarie, como sucede hoy con los inmigrantes. Países devastados por las guerras y la miseria. Han promovido, además, un “colonialismo interno” o la “provincialización del colonialismo”, en el cual las “provincias del interior” han sido aun más castigadas.

La hegemonía eurocentrista y la norteamericanización de nuestras culturas permitieron construir una narración de la historia que “legitima” a los “ganadores”, negando la valoración del conocimiento y las culturas locales.

No se trata de negar, ahora nosotros, que los conocimientos universales desde los lugares hegemónicos han producido progresos y beneficios para el mundo, que no son pocos. No se trata de limitar las posibles articulaciones interculturales.

Esa misma Modernidad que emancipó en muchos aspectos a la humanidad ha continuado con formas de violencia histórica que se deben superar. No sólo en el pasado colonial, sino en el presente, a través de la colonización cultural.

Nuestras mentes, nuestras emociones y nuestros cuerpos –es decir, nuestra subjetividad– están “formateados” por la colonización y esto perdura en el presente. Nuestras subjetividades están en riesgo y es necesario fortalecerlas. En gran parte, somos sujetos colonizados.

Es importante que podamos asumirlo, de manera que asumamos, también, las nuevas posibilidades de reinventarnos a nosotros mismos, auto-socio-construyendo nuevas identidades, nuevas subjetividades interculturales.

Para esto, necesitamos una nueva educación emancipadora. Debe ser propuesta por una nueva pedagogía que guíe la construcción de proyectos institucionales emancipadores, que confronten con el proyecto político colonizador de la Modernidad oscura. Una pedagogía situada y localizada en las instituciones educativas, que abra nuevos lugares-espacios de producción simbólica teóricos-propositivos.

El pensamiento eurocentrista y norteamericano, con sus discursos dominantes, ofrece la ilusión del mundo globalizado con sus nuevas tecnologías.

Es necesario construir nuevas redes sociales, cuyos nudos deben ser desatados para volver a atarlos en nuevos proyectos de autonomía emancipadores.

Hay intersticios en los que podemos trabajar, pues la hegemonía de los poderosos se resquebraja y entra en conflicto. Estos conflictos, a la vez que representan la crisis de la Modernidad, implican oportunidades de crecimiento.

Las clasificaciones del orden simbólico del mundo se “desnaturalizan” y comenzamos a poder “ver” sus lados oscuros, ocultos, invisibles. Cada vez más se puede comprender que esas relaciones no forman parte de una “naturaleza” humana universal, sin contexto, sino que son sociales. Son el texto de un contexto social e histórico. Han sido construidas socialmente. La globalización aparece así fragmentada y su reproducción cultural con mayores dificultades.

Y esto requiere una nueva educación integral activa y creadora. Asumirlo, hacernos cargo de que las instituciones no sólo reproducen cultura, sino que pueden ser espacios-lugares de producción de nuevas culturas, mediante la articulación de los conocimientos universales que la humanidad ha acumulado con las nuevas tecnologías y los conocimientos locales.

*Rector fundador de la Escuela Nueva Juan Mantovani, titular de la cátedra de Pedagogía en la UNC