La formación emocional en la escuela

Personas con grandes capacidades académicas pueden ­terminar autosaboteando sus propios logros, cuando sus ­disposiciones emocionales han sufrido alteraciones severas en sus procesos de formación. Gregorio Germán.
Por Gregorio Germán*

"Una de las fallas principales de la educación tradicional ha sido la visión parcial y desintegrada del hombre, en la que apoya sus principios pedagógicos y medios didácticos. Se aplica al lado intelectual de la vida humana y de la cultura social. Es educación que se nutre excluyentemente de saber y de información. Es más abstracta que concreta y degenera en verbalismo y pasividad. No atiende los reclamos del medio social ni la emoción de su época. Deja al educando encerrado en un frío aislamiento subjetivista...” (Juan Mantovani, 1957).

En las concepciones tradicio­nales de la pedagogía, no se valora la importancia de la expresión emocional. Es más, se tiende a considerar que lo emocional enturbia la formación académica y, por lo tanto, debe ser limitada. Se subestima la educación por el arte y la educación por el movimiento, reduciéndolas a las mal llamadas “materias especiales o complementarias”.

Estas, cuando están bien articuladas y adecuadamente correlacionadas con las áreas científicas, permiten movilizar de manera integral y formar la personalidad total de los alumnos.

Cuando los sujetos son formados de modo integral –es decir, no sólo en sus aspectos intelectuales sino también en lo corporal y en sus disposiciones emocionales–, esto incide notablemente en el desarrollo de su personalidad y en su rendimiento académico.

Los bloqueos emocionales como emergentes de las dificultades para expresarse son fuente de innumerables angustias, pues no permiten desarrollar la personalidad y la consecuencia son sujetos inseguros y fragmentados.

El conocimiento ya no puede ser considerado sólo en un sentido intelectual, sino en un sentido amplio, que incluye lo emocional y lo corporal.

Está comprobado que en el desarrollo del pensamiento incide notablemente el desarrollo emocional. Personas con grandes capacidades académicas pueden terminar au­tosaboteando sus propios logros, cuando sus disposiciones emocio­nales han sufrido alteraciones se­veras en sus procesos de formación y crecimiento personal.

La formación de disposiciones emocionales –es decir, capacidades, habilidades 
y destrezas múl­tiples, diversas y simultáneas– puede contribuir a que la escuela despliegue una educación para la vida. El desarrollo de un yo integrado, una personalidad integrada en todos sus aspectos, supera al hombre unilateral y fragmentado.

Los alumnos se configuran como sujetos con carácter y temperamento fuerte, capaces de resolver los problemas que la vida les plantea, de construir y aprovechar las oportunidades que se les ofrecen, desarrollados en sus múltiples inteligencias: lingüística, matemáticas, científica, estética, corporal, emocional, etcétera. Se trata de transformar 
los conflictos en problemas y los problemas en oportunidad de cre­cimiento.

Formar actitudes y valores. Las nuevas demandas del siglo 21 nos plantean, a diferencia de otras épocas, la necesidad de formar personas autónomas, con capacidad de trabajar en equipo y concertar in­tereses, para elaborar y construir proyectos que les posibiliten realizar sus deseos.

Pero para que esto suceda y el individuo no quede solo, aislado, atemorizado, fragmentado, sintiéndose insignificante frente a la sociedad, con toda la carga de desolación, inseguridad y angustia que ello implica, es necesario cambiar la escuela con nuevos enfoques pedagógicos, de manera que se promueva la formación de sujetos con fuerza interior y equilibrio emocional, que confíen en sus propias capacidades.

Es importante insistir en que 
los alumnos aprenden no sólo los contenidos de las materias en la escuela; también aprenden actitudes y valores, en su recorrido de conjunto que realizan por la cultura institucional.

Ese recorrido de conjunto produce un plus pedagógico, un valor agregado, porque el conjunto es superior a la mera suma de sus partes. La escuela trans­mite una cultura pedagógica propia, que es más amplia que los contenidos didácticos en un sentido restringido.

En general y como tendencia, las emociones reprimidas y frustradas encuentran su mejor desahogo en 
la agresividad violenta. Las prácticas pedagógicas autoritarias tienden a producir y a reproducir sujetos agresivos y autoritarios.

Esos climas institucionales, a través del contagio emocional, pueden terminar reproduciendo y promoviendo personalidades violentas. La sobrerrepresión de las capacidades creadoras y de expresión forma hombres frustrados. Y aquel que está privado de algo es quien más tiene el deseo de privar a los otros.

La educación para la vida. Nuestra experiencia nos demuestra que todos los aspectos de la escuela están interrelacionados. Cuando la apuesta es al crecimiento cualitativo emocional de los alumnos, esta debe incluir el impulso al crecimiento cualitativo de los docentes, a su formación con un nuevo enfoque, de manera que ellos puedan guiar esos procesos. También involucra a los directivos de modo fundamental y a los grupos familiares.

Tampoco es probable que se pueda avanzar en este nuevo enfoque, si no es modificado el currículum enciclopédico, atiborrado de abrumadora cantidad de información, 
de datos que no recordamos al poco tiempo de haber sido aprendidos.

En la medida en que el conocimiento escolar se presenta disociado, fragmentado, desactualizado y las materias no están relacionadas entre sí, no se movilizan los intereses de los alumnos. Si las estrategias metodoló­gicas no facilitan su participación, ellos no pueden salvar su expresión emocional.

Las clases aburridas, tediosas, disociadas de la realidad concreta de los alumnos, provocan una separación entre la escuela y la vida y esto es uno de los factores principales que promueven los llamados problemas de inhibiciones y bloqueos emocionales.

Los alumnos educados rígidamente, sin negociación entre sus derechos y los de los adultos, con puntos de vista esquemáticos y estrictos, serán luego hombres y mujeres inadaptados e infelices, con dificultades para desarrollarse también en sus proyectos laborales y académicos.

Hasta en los enfoques de las ciencias cognitivas más duros, que estudian exclusivamente los modos de procesar la información que tienen los sujetos y cómo se configuran los sistemas de pensamiento, se considera la importancia de los procesos emocionales y cómo estos influyen en nuestras ideas y nuestras vidas.

*Rector fundador de la Escuela Nueva Juan Mantovani, titular de cátedra de Pedagogía, Ciencias de la Educación, UNC.